Little Nemo. 1905-2005.
Un siglo de sueños
Ediciones Sins Entido. Madrid 2005.

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El © de las viñetas pertenece a sus respectivos autores y/o editoriales.

 

El Pequeño Nemo cumple cien años
El 15 de octubre de 1905, aparecía en el suplemento dominical del New York Herald una extraña y fascinante plancha a todo color: un pequeño niño, a lomos de un caballo volador, cruzaba las estrellas para acabar despertando bruscamente a los pies de su cama. Nacía así Little Nemo in Slumberland, la obra maestra de Winsor McCay. Una serie que, sin temor a resultar exagerado, constituye una de las cumbres del arte del siglo XX. Su primer centenario se ha conmemorado con un libro que le rinde homenaje y con otro que incluye una selección de algunas de sus planchas, convenientemente restauradas para la ocasión.

Temáticamente, Little Nemo fascina e irrita a partes iguales. El recurso al despertar del niño al final de cada episodio produce la desagradable sensación de que la acción nunca llegará a una conclusión. De hecho, el desarrollo psicológico de los héroes es casi inexistente. Sus protagonistas tienen más de arquetipos que de verdaderos personajes. Se han dado muchas explicaciones al respecto, desde que eso facilita la identificación del lector, hasta elaboradas teorías sobre el desdoblamiento de la personalidad del autor entre los caracteres principales. Lo cierto es que dramáticamente resulta fallida y su fascinación debe buscarse en otros lugares, más visuales que literarios. Nemo presenta en esencia un mundo de hombres, de compañeros, una pandilla que se divierte y desfasa sabiendo que sus actos apenas tienen consecuencias ya que se desvanecen en ese despertar eterno. Esos delirios pueden ser maravillosos y es entonces cuando McCay despliega arquitecturas que muchos han relacionado con la estética del parque de atracciones y la exposición universal, más decorativo que funcional y proclive siempre al exceso barroco y a la desmesura en las proporciones. Pero la familiaridad con la fauna animal y los fenómenos, que McCay adquirió en sus primeros trabajos, también está muy presente en Nemo.Añadamos a esto último un dato familiar. Uno de sus hermanos sufrió una crisis paranoica, que llevó a sus parientes a encerrarlo en una institución, donde pasó el resto de su vida. Sin duda la locura no era una broma para Winsor y quizás eso explica la terrorífica veracidad con la que dibuja los lados más oscuros de su reino de sueños. Con todo cabe recordar la inocencia que gobierna todo el relato. Algo característico de todas sus criaturas de papel, que las aleja del modelo de gamberro que pronto sería el protagonista de los suplementos dominicales.

Hay otro aspecto destacable, como es su voluntad de construir un gran entretenimiento, sin mayores intenciones críticas o reformadoras. Siempre se citan tres ciclos que parecen escapar a esa descripción. Por un lado el país de los monos, que inspiró más tarde El planeta de los simios y emite antiguos ecos de fábula social; el recorrido por Shanty Town, el barrio pobre de Slumberland que Nemo transforma a golpe de varita mágica; y el viaje a Marte, posiblemente la visión más sórdida del mundo de los sueños, que se ha relacionado con algunas de las reivindicaciones laborales del autor. Personalmente, tiendo a entender estos tres paseos como variantes de un tema único. Una gran sinfonía compuesta por un humorista, un hombre que, desde un escenario o un periódico, con la animación, la ilustración o el comic, sólo intenta entretener. A veces divirtiendo, otras asustando, siempre sorprendiendo.Es por eso que creo que las claves para comprenderlo son en esencia visuales. Muchas ya fueron analizadas por Faustino Rodríguez Arbesú en un magnífico artículo (El Wendigo nº 73) donde comparaba sus hallazgos con la aparición de efectos similares en cine, especialmente de la mano de Griffith. Y McCay gana por goleada, anticipando planos y todo tipo de recursos narrativos.

Hay algo, más allá de la maravillosa composición de página y la innovadora articulación de viñetas de Little Nemo, que deseo destacar: la relación con el cine. Sus dibujos llegan hasta donde se puede con una historieta. Y, a partir de ahí, el McCay creador de comics cedió el paso al animador. Opino que la semilla del último ya estaba en el primero. Creo que llega al cine porque la página impresa no era suficiente. Hay que entender esto, no en términos de comparación entre artes. Simplemente, como parte del desarrollo de un creador que estaba inventando dos medios a la vez. No había contradicción, era tan sólo la siguiente etapa. Todo era entretenimiento. ¿Qué era lo más lógico después de permitir al público que admirase la rapidez y seguridad con la que dibujaba? Ofrecerles dibujos en movimiento, completar la magia. Y McCay lo hizo.

Volvamos a Little Nemo. Observen la importancia del espacio, en su relación con los personajes; cuenten las secuencias en las que los héroes corren contra fondos que apenas parecen moverse; o sus zoom, sus travellings, sus planos secuencia y tantos otros efectos que nos remiten a una mirada esencialmente cinematográfica. Evidentemente, no voy a negar ahora el inmenso legado de recursos específicos de la historieta que McCay aporta, de la planificación a las onomatopeyas. Pero sí deseo subrayar la importancia de una mirada más preocupada por la ilusión de movimiento que por el montaje o los desarrollos dramáticos, como años después nos ofrecerán Foster o Crane.
El mundo de McCay es el del circo, el de las variedades, el de las ilusiones visuales, las rarezas, las deformaciones, las transformaciones, los fenómenos, los anamorfismos... El espectáculo, en suma. Y en esa serie lógica encaja mucho mejor la preocupación por los efectos visuales, a la que luego daría rienda suelta en sus obras en movimiento, que el interés por los contenidos que, finalmente, no dejaban de ser meras excusas, el armazón estructural sobre el que tejía sus chispeantes atracciones.

Feliz cumpleaños, pequeño Nemo. Y que cumplas muchos más.

Florentino Flórez

(Este es un fragmento del artículo publicado en El Wendigo nº 103-104)

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